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18/08/2022
Una visión de lo que significó el fin del pueblo para un quilmeño
Una visión de lo que significó el fin del pueblo para un quilmeño
"Cuando se me acabó el pueblo" es el título de un escrito de Chalo Agnelli. Este fragmento de ese trabajo, muestra en primera persona el cambió que significó para un joven de pueblo el avance de la modernidad.
(Por Chalo Agnelli) Sí, fue en 1963. Estoy seguro. Lo sentí en la piel, vi las señales. Eran incontenibles. Hubiera sido imposible que esa curiosa capacidad mía de "darme cuenta" no lo hubiera advertido. Sí, fue ese año. Pero las señales ya me habían llegado el anterior.
La coyuntura había empezado en 1962, en febrero. Yo estaba por cumplir los 16.

Turbulentos y fluctuantes 16. devoraba las historietas de Mort Zinder en la revista Misterix que escribía Oesterheld y dibujaba Alberto Breccia. Escribía mis primeros poemas malos y algunos cuentos peores. Usaba los primeros vaqueros sanforizados y me divertía con Pepe Biondi, con reservas, porque no me gustaba eso de los cachetazos, veía Cheyenne en el 9 y Casino Philils en el 13. Los diarios locales nos contaban que después de 5 años de vivir en México, Roberto De Vicenzo volvía al país, a su Ranelagh; que, en cambio, Gerónimo Narizzano se iba a Los Ángeles; y que Un plástico quilmeño, Manuel Oliveira había sido profusamente elogiado por su obra en un periódico catalán. Se veían los primeros Chevrolet 400, Peugeot 403 y los imponderables Valiant. Este año en julio salió de la Planta de Pacheco el primer Falcon Nacional, esos coches duros que luego tendrían triste historia.



Hacia poco Quilmes había refundado su amplitud inapropiada con la autonomía de Berazategui. En 1960, con 294 años de historia. Historia en que devino de pago a villorrio indio, de villorrio a pueblo de campaña, en 1916, de pueblo a ciudad, y en 1962 con, tan solo, 46 años de tal, y un crecimiento industrial y poblacional inusitado, aún conservaba el clima pueblerino en las viejas y nuevas familias; en las casonas de estilo italiano y las residencias imponentes de la barranca, las casas "chorizo" con dos patios y gallinero al fondo, llenas de habitaciones donde vivían familias de hasta diez integrantes, de tres generaciones; se sentía el pueblo en el olor a cebada y la sirena de la Cervecería llamando al trabajador y despidiéndolo; en los potreros repletos de pibes, y señoras sentadas en la puerta al atardecer tomado mate y chichoneando con la vecina de la otra vecina, en los veranos en la Ribera y los corsos en la calle Rivadavia y luego en la 12 de Octubre, los bailes en la Municipalidad, en el Universitario y en esa inusitada cantidad de clubes barriales que fundaron los quilmeños desde 1875. El pueblo. 

El 23 de febrero se había realizado un acto rimbombante donde un ministro cualquiera entregaba simbólicamente a un presidente de la UTA cualquiera los colectivos que reemplazarían los tranvías. Sí, la impericia y los intereses económicos de algunos pocos nos arrancaron el tranvía.

 Mientras los funcionarios y políticos celebraban la modernidad de la línea de colectivos 22, treinta y cinco coches Mercedes Benz para 35 pasajeros sentados, los vecinos miraban con desconfianza y rechazo el arrebato. Nadie les había preguntado qué necesitaban o qué no. Nadie se había dignado consultarlos sobre algo que era suyo por derecho consuetudinario, por tradición. Todo el pueblo sintió que Younger, Robertson, Robert W Bradley, el Dr. Carlos Pizarro Lastra, Pedro y Antonio Fiorito se revolvieron en sus tumbas; y si no fuera por el peso de los mármoles y la solidez de las rejas de sus bóvedas, se hubieran levantado a recuperar sus derechos tranviarios.

Ya sé, no era todo lo práctico que se pudiera esperar, pero actualizándolos hubieran tenido la misma practicidad que en San Francisco o en tantas ciudades de Europa donde continúa invicto su trayecto hacia todos los futuros. 

Siempre el progreso levanta argumentos que parecen convincentes, incuestionables, como se argumentó cuando se demolió el noble Teatro Colón de la calle Hipólito Yrigoyen, frente a la plaza de la estación, y se levantó ese edificio trasgresor y deslucido.  
  
El tranvía se marchó y perdimos el que nos llevaba a La Ribera. Los recreos del balneario, la rambla, las casillas de fin de semana, apagadas por la contaminación de ese río con olitas de minué... empezaron a agonizar.    

Y se me fue la infancia bochinchera con mis hermanos y sobrinos todos cargados de canastos y bultos, traqueteando el ritmo amarillo del vehículo ante la mirada desaprobatoria del guarda con su gorra calada hasta las orejas. Ahí nunca preguntábamos "¿cuándo llegamos?" porque tan sólo subir al tranvía rumbo a la Ribera de pic-nic, era empezar la diversión. Ni siquiera cuando la vara que conectaba con el cableado de la electricidad se desenganchaba y requería una tediosa maniobra nos molestaba pues bajábamos por un extremo, subíamos por el otro, corríamos alrededor del vehículo, bromeábamos con el conductor que renegaba.    
 
Y hasta tuve la paciencia de viajar en tranvía hasta la Capital. En 1960 era toda una aventura cruzar las localidades que nos separaban del Riachuelo, donde aún había tregua de baldíos y campos que rememoraban la vieja campaña, entre unas y otras, nada parecido a la sucesión de viviendas sin pausas que hoy no distinguen a Don Bosco de Wilde a Sarandi de Avellaneda. Todo es lo mismo, una gran gigantópolis  cuyo núcleo es la Capital.    
 
Un día jugando en la vereda con los chicos del barrio me caí contra el cordón y me partí la frente. Mi madre alarmada, cuando llegué a la cocina ensangrentado, me tomó de la mano, corrió hacia Andrés Baranda (vivíamos a una cuadra) Justamente pasaba el tranvía. Ella no llevaba su monedero, igual el guarda, que la conocía como asidua pasajera, no le cobró y paró especialmente para nosotros en la esquina de Islas Malvinas.

En el dispensario el Dr. Vaccaro me suturó.  Esa vivencia: la solicitud del guarda, del conductor, de los pasajeros que le alcanzaban pañuelos a mi madre a costa de no recuperarlos, fue tan pueblerina que quedó selecta en mi memoria. 
 
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